martes 10 de noviembre de 2009

Amigos de Jesús y de María

Es imposible que encuentren amigos más fieles y poderosos en el cielo y sobre la tierra que Jesús, Rey de los ángeles, y que María, nuestra Señora y Reina del cielo. Si aman a Jesús, tomen su cruz, abrácenla y no la abandonen hasta que no estén junto a Jesús, verdadera luz, quien dijo: “El que me sigue no camina en tinieblas”. Si desean ser consolados en cualquier tribulación, acérquense a María, Madre de Jesús, que está de pie junto a la cruz, dolorida y bañada en lágrimas, y todo lo que los oprime se disipará o se volverá más soportable. Antes de morir, elijan a esta benignísima Madre de Jesús por encima de todos los parientes y de todos los amigos, como su Madre y Abogada; y salúdenla frecuentemente con el Ave María, que tan grata le es.

Si el enemigo maligno los tienta y les impide invocar a Dios y a María, no se preocupen y no dejen de alabarlos y de rezar; pero con más fervor invoquen a María, saluden a María, piensen en María, nombren a María, honren a María, inclínense ante María, recomiéndense a María. Permanezcan en casa con María; guarden silencio con María, disfruten con María; sufran con María, trabajen con María; velen con María, oren con María; caminen con María, estén sentados con María; busquen a Jesús con María, estrechen entre sus brazos a Jesús con María. Vivan en Nazaret con Jesús y María, vayan a Jerusalén con María, estén junto a la cruz de Jesús con María, lloren con María; sepulten a Jesús con María, resuciten con Jesús y con María, suban al cielo con Jesús y con María; anhelen vivir con Jesús y con María.

Si meditan bien estos temas, hermanos, y si deciden ponerlos en práctica, el diablo huirá a la vista de ustedes, que progresarán en la vida espiritual. María, en su clemencia, rogará gustosamente por ustedes; y Jesús la escuchará de muy buena gana, por el respeto que tiene por la Madre. Es muy poca cosa lo que llevamos a cabo. Pero si nos acercamos al Padre por medio de María y de su Hijo Jesús, obtendrNegritaemos misericordia y gracia en la tierra, y también gloria sin fin con ellos en el cielo.

Feliz el alma devota que en esta tierra tenga a Jesús y a María como íntimos amigos: comensales a la hora de comer, compañeros en los viajes, solícitos en la necesidad, consoladores en los sufrimientos, consejeros en las incertidumbres, auxiliadores en los peligros y en el momento de la muerte. Dichoso el que se considera peregrino en esta tierra y estima como la máxima alegría tener de huéspedes a Jesús y María en lo profundo de su corazón.

(Imitación de María, Tomás de Kempis)

jueves 1 de octubre de 2009

Por qué te amo, María

Cantar, Madre, quisiera: ¡por qué te amo, María!,
por qué tu dulce nombre de alegría estremece
mi corazón, por qué de tu suma grandeza
la idea no le inspira temores a mi mente.
Si yo te contemplase en tu sublime gloria
eclipsando el fulgor de todo el cielo junto,
no podría creer que yo soy hija tuya;
bajaría los ojos sin mirar a los tuyos.

Para que un niño pueda a su madre querer,
debe ella compartir su llanto y sus dolores.
¡Madre mía querida, para atraerme a ti,
pasaste en esta vida amargos sinsabores…!
Contemplando tu vida según los Evangelios,
ya me atrevo a mirarte y hasta a acercarme a ti;
y me resulta fácil creer que soy tu hija,
pues te veo mi igual en sufrir y morir…

Cuando un ángel del cielo te ofrece ser la Madre
del Dios que vive y reina toda la eternidad,
me admira que prefieras, María, ¡qué misterio!,
el tesoro inefable de la virginidad.
Comprendo que tu alma, Virgen Inmaculada,
le sea a Dios más amada que su eterna mansión,
comprendo que tu alma, humilde y dulce Valle,
contenga a mi Jesús, ¡Océano de amor…!

¡Oh, Madre muy amada, pese a mi pequeñez,
como tú yo poseo en mí al Omnipotente!
Mas no tiemblo de espanto al mirar mi flaqueza:
de la Madre el tesoro a la hija pertenece,
y yo soy tu hija, ¡oh mi Madre adorada!
tus virtudes, tu amor, ¿no están entre mis bienes?
Cuando a mi corazón desciende Jesús-Hostia,
¡cree posar en ti tu Cordero inocente…!

Tú me haces comprender que no es cosa imposible
caminar tras tus huellas, oh Reina de los santos;
al practicar tú siempre las virtudes humildes,
el camino del cielo dejaste iluminado.
Quiero ante ti, María, permanecer pequeña,
es pura vanidad lo grande de aquí abajo;
al verte visitar a tu prima Isabel,
aprendo caridad ardiente en sumo grado.

Puesto que el Rey del cielo quiso ver su Madre
sumergida en la noche y en la angustia del alma,
María, ¿es, pues, un bien sufrir en la tierra?
Sí, ¡sufrir aquí amando es la dicha más santa…!
Puede tomar de nuevo Jesús lo que me ha dado,
dile que no se enfade jamás conmigo en nada…
Si se quiere ocultar, me resigno a esperarle
hasta el día sin noche en que la fe se apaga...

A la espera del cielo, ¡oh, mi querida Madre!,
quiero vivir contigo, seguirte cada día,
y, en tanto te contemplo, yo me engolfo extasiada
y en tu corazón hallo de amor inmensas simas.
Tu mirada materna disipa mis temores
y me enseña a llorar y a gozar me adoctrina.
Y en vez de despreciar los goces puros, santos,
los quieres compartir, bendecirlos te dignas.

(...) Tú me apareces, Virgen, en lo alto del Calvario,
de pie junto a la Cruz, cual preste ante el altar,
ofreciendo a Jesús, tu Hijo, el Emmanuel,
a fin de la justicia de su Padre aplacar…
Un profeta dijo, ¡oh, Madre desolada!:
«¡No hay dolor que se pueda al tuyo comparar!»
¡Oh, Reina de los mártires!, ¡desterrada prodigas
por nosotros tu sangre, corazón maternal!

(...) Yo escucharé muy pronto esa dulce armonía,
iré muy pronto a verte en el hermoso cielo.
Pues viniste a sonreírme de mi vida en la aurora,
¡sonríeme en la tarde..., que ya va oscureciendo!
No temo el resplandor de tu gloria suprema,
he sufrido contigo y ahora yo deseo
cantar en tus rodillas, María, porque te amo,
¡y repetir por siempre que soy tu hija, quiero…!

(Santa Teresita de Lisieux)

miércoles 9 de septiembre de 2009

Les recomendamos ver esta entrevista al Padre Fernando Karadima sobre su experiencia con San Alberto Hurtado. (Tiene cuatro partes)

1/4


2/4


3/4


4/4

jueves 6 de agosto de 2009

La dulce muerte de los devotos de María

¡Bienaventurado, hermano mío, si en la hora de la muerte te encuentras ligado con las dulces cadenas del amor a la Madre de Dios! Estas cadenas son de salvación, que te aseguran tu salvación eterna y te harán gozar, en la hora de la muerte, de aquella dichosa paz, preludio y gusto anticipado del gozo eterno de la gloria. Refiere el P. Binetti que habiendo asistido a la muerte de un gran devoto de María, le oyó decir: “Padre mío, si supiera qué contento me siento por haber servido a la santa Madre de Dios. No sé expresar la alegría que siento”. (…) El mismo contento y alegría, sin duda, sentirás tu, devoto lector, si en la hora de la muerte te acuerdas de haber amado a esta buena Madre que siempre es fiel con los hijos que han sido fieles en servirla.
Y no impedirá estos consuelos el haber sido en otro tiempo pecador si de ahora en adelante te dedicas a vivir bien y a servir a esta Señora bonísima y sumamente agradecida. Ella, en tus angustias y en las tentaciones del demonio para hacerte desesperar, te ayudará y vendrá a consolarte en la hora de la muerte. (…)
Y aún cuando trataran de atemorizarte y quitar la confianza el recuerdo de los pecados cometidos, ella te animará, como aconteció con Adolfo, conde de Alsacia, quien habiendo dejado el mundo y habiéndose hecho franciscano, fue sumamente devoto de la Madre de Dios. Al final de sus días, al ver la vida pasada en el mundo y en el gobierno de sus vasallos, el rigor del juicio de Dios, comenzó a temer la muerte, con dudas sobre su eterna salvación. Pero María, que no descuida ante las angustias de sus devotos, se le apareció y lo animó con estas tiernas palabras: “Adolfo mío queridísimo, ¿por qué temes a la muerte si eres mío?” Como si le dijera: Adolfo mío, te has consagrado a mí; ¿por qué vas a temer ahora la muerte? Con tan regaladas expresiones se serenó del todo el siervo de María, desaparecieron los temores y con gran paz y contento entregó su alma.
Animémonos también nosotros, aunque pecadores, y tengamos confianza en que ella vendrá a asistirnos en la muerte y a consolarnos con su presencia si le servimos con todo amor en lo que nos queda de vida. (…) ¡Oh Dios mío! ¡Qué sublime consuelo al terminar la vida, cuando en breve se va a decidir la causa de nuestra eterna salvación, ver a la Reina del cielo que nos asiste y nos consuela y nos ofrece su protección!

(Las Glorias de María, San Alfonso María de Ligorio)

miércoles 5 de agosto de 2009

¡Espere en María el que desespera!

"Con razón, mi Reina dulcísima, te saluda san Juan Damasceno y te llama esperanza de los desesperados. Con razón san Lorenzo Justiniano te llama esperanza de los malhechores; San Agustín, única esperanza de los pecadores; san Efrén, puerto seguro de los que naufragan. Con razón, finalmente, exhorta san Bernardo a los mismos desesperados a que no se desesperen, y lleno de ternura hacia su amada Madre le dice: “Señora, ¿quién no tendrá confianza en ti si socorres hasta a los desesperados? No dudo lo más mínimo en decir que siempre que acudamos a ti obtendremos lo que queremos. ¡Espere en ti el que desespera!”. Cuenta san Antonino que estando un hombre en desgracia de Dios pareció hallarse de pronto ante el tribunal de Jesucristo; el demonio lo acusaba y María lo defendía. El enemigo presentó en contra del reo la voluminosa cuenta de sus pecados, que puestos en la balanza de la justicia divina pesaban mucho más que todas sus buenas obras; pero ¿qué hizo su magnífica abogada? Extendió su dulce mano, la puso sobre el otro platillo y lo inclinó a favor de su devoto. Así le hizo comprender que ella le obtenía el perdón si cambiaba de vida, cosa que, en efecto, realizó aquel pecador convirtiéndose a una santa vida."

(Las Glorias de María, San Alfonso María de Ligorio)

martes 4 de agosto de 2009

Amar a María

Ámenla cuanto puedan –dice san Ignacio mártir- que siempre María les amará más a los que la aman. Ámenla como un san Estanislao de Kostka, que amaba tan tiernamente a ésta su querida madre, que hablando de ella hacía sentir deseos de amarla a cuantos le oían. El que se había inventado nuevas palabras y títulos para celebrarla. No comenzaba acción alguna sin que, volviéndose a alguna de sus imágenes, le pidiera su bendición. Cuando él recitaba el oficio, el Rosario u otras oraciones, las decía con tal afecto y tales expresiones como si hablara cara a cara con María. Cuando oía cantar la salve se le inflamaba el alma y el rostro. Preguntándole un padre de la Compañía, una vez en que iban a visitar una imagen de la Virgen santísima, cuánto la amaba, le respondió: “Padre, ¿qué mas puedo decirle? ¡Si ella es mi madre!” Y el padre dijo después que el santo joven profirió esas palabras con tal ternura de voz, de semblante y de corazón, que ya no parecía un joven, sino un ángel que hablase del amor a María. (…)
Ámenla como un san Felipe Neri, quien con solo pensar en María se derretía en tan celestiales consuelos que por eso la llamaba sus delicias. Ámenla como un san Buenaventura, que la llamaba no sólo su señora y madre, sino que para demostrar la ternura del afecto que le tenía llegaba a llamarla su corazón y su alma. Ámenla como aquel gran amante de María, san Bernardo, que amaba tanto a esta dulce madre que la llamaba robadora de corazones, por lo que el santo, para expresar el ardiente amor que le profesaba, le decía: “¿Acaso no me has robado el corazón?” Llámenla “su inmaculada”, como la llamaba san Bernardino de Siena, que todos los días iba a visitar una devota imagen para declararle su amor con tiernos coloquios que mantenía con su reina; y por eso, a quien le preguntaba a dónde iba todos los días, le respondía que iba a buscar a su enamorada. Ámenla cuanto un san Luis Gonzaga, que ardía tanto y siempre en amor a María, que sólo con oír el dulce nombre de su querida madre al instante se le inflamaba el corazón y se le encendía el rostro a la vista de todos. Ámenla cuanto un san Francisco Solano, quien como enloquecido con santa locura en amor a María, acompañándose con una vihuela, se ponía a cantar coplas de amor delante de la santa imagen, diciendo que así como los enamorados del mundo, él le daba la serenata a su amada reina.
Ámenla cuanto la han amado tantos siervos suyos que no sabían qué hacer para manifestarle su amor. (…) Deseen hasta dar la vida como prueba de amor a María…

(Las Glorias de María, San Alfonso María de Ligorio)

lunes 3 de agosto de 2009

Hijos de María

"Estad siempre contentos los que os sentís hijos de María; sabed que ella acepta por hijos suyos a los que quieren ser. ¡Alegraos! ¿Cómo podéis temer perderos si esta madre os protege y defiende? Así, dice san Buenaventura, debe animarse y decir el que ama a esta buena madre y confía en su protección: ¿Qué temes, alma mía? Nada; que la causa de tu eterna salvación no se perderá estando la sentencia en manos de Jesús, que es tu hermano, y de María, que es tu madre. Con este mismo modo de pensar se anima san Anselmo y exclama: “¡Oh dichosa confianza, oh refugio mío, Madre de Dios y madre mía! ¡Con cuánta certidumbre debemos esperar cuando nuestra salvación depende del amor de tan buen hermano y de tan buena madre!” Esta es nuestra madre que nos llama y nos dice: “Si alguno se siente como niño pequeño, que venga a mí” (Pr 9,4). Los niños tienen siempre en los labios el nombre de la madre, y en cuanto algo les asusta, enseguida gritan: ¡Madre, madre! – Oh María dulcísima y madre amorosísima, esto es lo que quieres, que nosotros, como niños, te llamemos siempre a ti en todos los peligros y que recurramos siempre a ti que nos quieres ayudar y salvar, como has salvado a todos tus hijos que han acudido a ti."

(Las Glorias de María, San Alfonso María de Ligorio)

miércoles 22 de julio de 2009

¡Virgen del Carmen, Madre de Dios y Madre nuestra! A tu Corazón de Madre encomiendo la Iglesia y todos los habitantes de esta Nación. Que bajo tu protección maternal sea una familia unida en el hogar común, una Nación reconciliada en el perdón y en el olvido de las injurias, en la paz y en el Amor de Cristo.
Tú que eres la Madre de la Vida verdadera, enséñanos a ser testigos del Dios vivo, del amor que es más fuerte que la muerte, del perdón que disculpa las ofensas, de la esperanza que mira hacia el futuro para construir, con la fuerza del Evangelio, la civilización del amor en una Nación reconciliada y en paz.
¡Santa María de la Esperanza, Virgen del Carmen y Madre nuestra! Extiende tu Escapulario, como Manto de protección, sobre las ciudades y los pueblos, sobre hombres y mujeres, jóvenes y niños, ancianos y enfermos, huérfanos y afligidos, sobre los hijos fieles y sobre las ovejas descarriadas. Tú, que en cada hogar tienes un altar familiar, que en cada corazón tienes un altar vivo, acoge la plegaria de tu pueblo, que nuevamente se consagra a Ti.
Estrella de los mares y Faro de luz, consuelo seguro para el pueblo peregrino, quía los pasos de esta Nación en su peregrinar terreno, para que recorra siempre senderos de paz y de concordia, caminos de Evangelio, de progreso, de justicia y libertad. Reconcilia a los hermanos en un abrazo fraterno; que desaparezcan los odios y rencores, que se superen las divisiones y las barreras, que se unan las rupturas y sanen las heridas. Haz que Cristo sea nuestra paz, que su perdón renueve los corazones, que sy Palabra sea esperanza y fermento en la sociedad.
¡Madre de la Iglesia y de todos los hombres! Inspira y conserva la fidelidad a Cristo en esta Nación y en el Continente Latinoamericano. Mantén viva la unidad de la Iglesia bajo la Cruz de tu Hijo. Haz que los hombres de todos los pueblos reconozcan su mismo origen y su idéntico destino, se respeten y amen como hijos del mismo Padre, en Cristo Jesús, nuestro único Salvador, en el Espíritu Santo que renueva la faz de la tierra, para gloria y alabanza de la Santísima Trinidad. Amén.

(Juan Pablo II, el 3 de Abril de 1987, en su visita a Chile)

sábado 18 de julio de 2009

Pensamientos de Santa Teresita de los Andes

"Confía todo a la Santísima Virgen. Rézale siempre el rosario para que Ella te guarde no sólo tu alma, sino también tus asuntos."

"La Santísima Virgen es el modelo más perfecto de nuestro sexo. ¿No vivió Ella siempre en una continua oración, en el silencio, en el olvido de lo de la tierra?"

"Habla a la Santísima Virgen de corazón a corazón. Cuando te sientas solo, mírala y verás que sonriendo te dice: "Tu madre jamás te deja solo". Cuando, triste y desolado, no halles con quién desahogarte, corre a su presencia y la mirada llorosa de tu Madre diciéndote "no hay dolor semejante a mi dolor" te confortará, poniendo en tu alma la gota de consuelo que cae de su dolorido corazón."

"Honra mucho a María. Es tu madre tan buena y cariñosa, que jamás dejará de velar por ti."

"La Santísima Virgen ha sido mi compañera inseparable. Ella ha sido la confidente íntima desde los más tiernos años de mi vida. Ella ha escuchado la relación de mis alegrías y tristezas. Ella ha confortado mi corazón tantas veces abatido por el dolor."

"No se atemoricen ante la nueva vida que se les presenta, pues siendo hijas de María, la Virgen las cubrirá con su manto."

"Cuando sufras, mira a tu Madre Dolorosa con Jesús muerto entre sus brazos. Compara tu dolor. Nada hay que se le asemeje. Es su único Hijo, muerto, destrozado por los pecadores. Y a la vista del cuerpo ensangrentado de su Dios, de las lágrimas de su Madre María, aprende a sufrir resignado, aprende a consolar a la Santísima Virgen, llorando tus pecados."

"Mi espejo ha de ser María. Puesto que soy su hija, debo parecerme a Ella y así me pareceré a Jesús."

"He puesto en defensa de mi causa dos grandes abogados que no pueden ser vencidos: mi Madre Santísima, a quien jamás he invocado en vano y que ha sido mi guía verdadera toda mi vida, desde muy chica, y mi Padre San José -a quien he cobrado gran devoción-, que lo puede todo cerca de su Divino Hijo."

"La que puso en mi alma el germen de la vocación fue la Santísima Virgen. Esta tierna Madre jamás ha sido en vano invocada por sus hijos. Ella me amó y, no encontrando otro tesoro más grande que darme en prueba de su singular protección, me dio el fruto bendito de sus entrañas, su Divino Hijo. ¿Qué más me pudo dar?"

"Ruego a la Madre de los Dolores para que no me deje jamás bajar la cima del Calvario, donde he de ser en cada momento de mi vida crucificada."

"Pídele a la Santísima Virgen que sea tu guía; que sea la estrella, el faro que luzca en medio de las tinieblas de tu vida."

jueves 16 de julio de 2009

La vida mariana, que se manifiesta en una oración confiada, en una alabanza entusiasta y en una imitación diligente, lleva a comprender que la forma más auténtica de devoción a la Virgen santísima, expresada mediante el humilde signo del escapulario, es la consagración a su Corazón Inmaculado. En el corazón se realizan así una comunión y una familiaridad cada vez mayores con la Virgen santísima, como "nueva manera" de vivir para Dios y continuar aquí en la tierra el amor del Hijo Jesús a su madre María. Como dijo el beato mártir carmelita Tito Brandsma, se establece así una profunda sintonía con María, transmitiendo como ella la vida divina: "También a nosotros el Señor nos envía su ángel. (...) También nosotros debemos recibir a Dios en nuestro corazón, llevarlo dentro de nuestro corazón, alimentarlo y hacer que crezca en nosotros, de modo que nazca de nosotros y viva con nosotros".

Este rico patrimonio mariano del Carmelo se ha convertido con el tiempo, mediante la difusión de la devoción del santo escapulario, en un tesoro para toda la Iglesia. Por su sencillez, por su valor antropológico y por su relación con el papel que desempeña María con respecto a la Iglesia y a la humanidad, el pueblo de Dios ha acogido profunda y ampliamente esta devoción, hasta el punto de encontrar expresión en la memoria del 16 de julio, presente en el calendario litúrgico de la Iglesia universal.

Con el signo del escapulario se manifiesta una síntesis eficaz de espiritualidad mariana, que alimenta la devoción de los creyentes, haciéndolos sensibles a la presencia amorosa de la Virgen Madre en su vida. El escapulario es esencialmente un "hábito". Quien lo recibe se une o se asocia, en un grado más o menos íntimo, a la Orden del Carmen, dedicada al servicio de la Virgen para el bien de toda la Iglesia. Por tanto, quien se reviste del escapulario se introduce en la tierra del Carmelo, para "comer sus frutos y sus productos" (Jr 2, 7), y experimenta la presencia dulce y materna de María en su compromiso diario de revestirse interiormente de Jesucristo y de manifestarlo vivo en sí para el bien de la Iglesia y de toda la humanidad.

Así pues, son dos las verdades evocadas en el signo del escapulario:
- por una parte, la protección continua de la Virgen santísima, no sólo a lo largo del camino de la vida, sino también en el momento del paso hacia la plenitud de la gloria eterna;
- y por otra, la certeza de que la devoción a Ella no puede limitarse a oraciones y homenajes en su honor en algunas circunstancias, sino que debe constituir un "hábito", es decir, una orientación permanente de la conducta cristiana, impregnada de oración y de vida interior, mediante la práctica frecuente de los sacramentos y la práctica concreta de las obras de misericordia espirituales y corporales. De este modo, el escapulario se convierte en signo de "alianza" y de comunión recíproca entre María y los fieles, pues traduce de manera concreta la entrega que en la cruz Jesús hizo de su Madre a Juan, y en él a todos nosotros, y la entrega del apóstol predilecto y de nosotros a ella, constituida nuestra Madre espiritual.

También yo llevo sobre mi corazón, desde hace mucho tiempo, el escapulario del Carmen…

(Juan Pablo II)